¿La negación de Donald Trump al cambio climático? Por: Berenice García

Este pasado 23 de septiembre Donald Trump se presentó ante la ONU para, entre muchas acusaciones dirigidas a la organización anfitriona y a otros países, asegurar que el cambio climático, la huella de carbono y la energía limpia son una farsa “creada por gente estúpida”. Aunque podríamos pasar horas desmintiéndolo, afortunadamente, expertos ya lo hicieron por nosotros. Entonces, aprovechemos para poner en duda, ¿por qué negar el cambio climático y quién se beneficia de ello?

La realidad es que Donald Trump es el Presidente de un país que invierte 1 billón (1 millón de millones) de dólares en gastos militares al Pentágono, que brinda aproximadamente 3 mil millones de dólares a Israel en apoyo económico y militar, y que enriquece a billonarios con cada vez menores impuestos y más protecciones. Recordemos, el medio ambiente es finito, tiene límites, pero la competencia y el consumo que promueve este sistema buscan su explotación permanente. Se trata de un modelo político y económico que reproduce el deterioro ambiental y la desigualdad desde el uso desmesurado de bienes naturales.

En esta realidad, ¿cómo justificas acciones que aumentan el riesgo de desastres climáticos mientras comunidades enteras pierden sus hogares por huracanes, incendios e inundaciones? ¿Cómo justificas los gastos exorbitantes a la industria militar cuando eres el país desarrollado con la mayor disparidad entre ricos y pobres? Simplemente, no es posible. Reduces las décadas de trabajo científico sobre el tema a mentiras para que no sean un obstáculo a la explotación del medio ambiente. Niegas que es un problema para mantener la narrativa del crecimiento infinito que permite a unos pocos acumular lo más posible.

¿Y qué se pierde? Se pierde tiempo, se pierden vidas, se pierden las posibilidades de un futuro digno. Cada año de negación agrava la crisis y hace más difícil frenarla.

Antes, no se negaba la severidad del cambio climático, el propio escepticismo era ridiculizado. Se adquirían elementos de esta problemática al discurso aunque se seguían tomando acciones que lo mantenían. Ahí, el consumo y la competencia podían ser verdes y limpios. Hoy, existimos en la época de la post-verdad, en la que las emociones valen más que los hechos. Hoy, el Presidente Donald Trump ya ni siquiera acepta los hechos, y aunque preocupa porque altera lo que esperamos de los gobernantes, también abre una oportunidad para que nosotros tampoco aceptemos el discurso de las “mínimas acciones” frente al cambio climático ni la teoría conspiranoica del cambio climático como farsa.

Las pocas acciones para frenar la quema de carbones fósiles, apostar por energías renovables, impulsar políticas de justicia climática y con todo esto reducir la desigualdad social no han sido suficientes. Hay que tomar los problemas de genocidios, guerras, cambio climático y pobreza, y entenderlos como interrelacionados, como parte de un sistema que invisibiliza lo que no le conviene. El cambio climático es inseparable de un sistema económico y de clase que necesita negar sus límites. Mientras se mantenga viva la narrativa del crecimiento infinito, lo que nos espera no es una transición verde, sino la profundización de la emergencia climática.

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